Los responsables de negocio se preguntan en muchas ocasiones cuánto cuesta conseguir la transformación digital, una pregunta aceptable, pero que claramente no tiene respuesta: de la misma manera que no se puede garantizar el amor, la salud o la felicidad, tampoco se puede asegurar que una empresa haya llegado al punto idóneo de transformación digital. Se trata de un proceso metódico de mejora continua, un viaje sin destino final, aunque con señales de dirección.
En realidad este viaje hacia la transformación digital es algo parecido a la pirámide de necesidades de Maslow que todos hemos estudiado en el colegio. Todas las personas van subiendo por la pirámide para ir satisfaciendo sus necesidades, pero no se puede pasar de escalón hasta colmar las exigencias del peldaño previo. En el caso de la transformación digital, el 91 % de las empresas, prácticamente todas las entidades financieras y de seguros y las telcos, cuentan con una estrategia de transformación digital. Pero muy pocas admiten tener actualizado su potencial y se quedan atascadas en el camino debido a que no son capaces de colmar las complejidades de las etapas previas.
La pirámide de Maslow de la transformación digital se sustenta en la infraestructura que permite comenzar el viaje; el siguiente escalón incorpora la confianza y la seguridad; después pasa a la colaboración y al trabajo en equipo y salta después a las sinergias para llegar a la cúspide, donde se encuentra la madurez digital.
Igual que en la teoría psicológica, el fracaso a la hora de llegar al vértice superior es resultado de no haber sabido superar los escalones previos. Si la organización no cuenta con la confianza de sus profesionales ni con una estrategia de seguridad global, no se puede mejorar la colaboración; y sin colaboración no existe trabajo en equipo. Sin trabajo en equipo, se mantienen los silos en la organización, por lo que no se trabaja aprovechando sinergias para mejorar la experiencia de los clientes.




